jueves, 21 de noviembre de 2013

Cardamomo

Ansiedad, una ansiedad generada por la enorme distancia que separa nuestros labios;
Una ansiedad que provoca el atropello de mis pulsaciones, una tras otra cual tic-tac de reloj sucedidas,
impulsando así la sangre a través de mis venas, sin descanso, cual presa vencida por la fuerza del agua.

Tensión, una tensión casi eléctrica que acompaña cada caricia, como si el más mínimo roce supusiera la puesta en marcha de todo un proceso, toda una sucesión de sensaciones, de pensamientos y de actos.
Una tensión que agarrota mis músculos y que me impide el movimiento, a la espera.
Y ese mísero segundo que transcurre hasta que su piel toca la mía, se me antoja una eternidad. Puedo ver cada movimiento a cámara lenta: esa media sonrisa, con la cabeza ladeada, acompañada de una risilla sorda justo antes de comenzar a acercarse a mí, su brazo elevándose para rozar mi mejilla. Puedo sentir entonces su calor, cada vez más intenso a medida que se acerca, puedo oír su respiración, pausada, como si me acunara al son de su propia música. Y puedo también escuchar el latir de mi propio corazón, retumbando en mis oídos; incluso, si pongo la suficiente atención, podría distinguir el bramar de la sangre corriendo por mis venas. Demasiado ruido, demasiado. 
Y cuando parece que voy a perderme en esa vorágine de sonidos, todo se detiene. No hay nada más que ese momento en el que por fin nuestros labios toman contacto. Por un segundo, ni siquiera puedo respirar, hasta mi corazón parece detenerse. Y entonces, todo vuelve a ponerse en marcha, más rápido aún si cabe, ansiando el próximo beso, la siguiente caricia, ese siempre inesperado "te quiero".


domingo, 17 de noviembre de 2013

There're signs everywhere

Hay señales en todas partes. ¿Cuántas veces hemos acudido a algún tipo de señal que guiara nuestros pasos? ¿Cuántas veces hemos buscado algo que nos diera a entender que lo que hacíamos era lo correcto? Yo os responderé a ambas: infinitas veces. Algún que otro hipócrita lo negará, pensando que con esto me refiero sólo hechos extraños como fenómenos celestes o letreros luminosos de neón sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no reparará en el número de veces que ha dejado su destino en manos de una moneda lanzada al aire. ¿Qué buscamos en esa cara o esa cruz sino "lo mejor" para nosotros? La posición de esa moneda determinará nuestro camino, aunque sólo sea por una noche, unas horas o un segundo. Quizá no le demos la mayor importancia, es una decisión menos que probablemente no conlleve ningún tipo de relevancia en un futuro. O quizá sí. 
Dejando a un lado el tema del azar y volviendo a esas señales que todos hemos buscado en alguna ocasión, ¿son de verdad señales o sólo vemos lo que queremos ver? Esa canción que te anima a mandar un mensaje cuando dudabas si hacerlo o no, y te da ese pequeño empujón; ese pensamiento compartido, esa luna perfectamente colocada en el firmamento. ¿De verdad hay algo que guía nuestros pasos o simplemente materializamos nuestros deseos por medio de señales, justificando así nuestras propias decisiones? No sé qué asusta más, la verdad: lo primero, que haya algo más allá de nosotros mismos que maneje nuestro sino, que no tengamos poder alguno sobre la dirección de nuestros pasos en el camino; o lo segundo, que nuestra mente sea capaz de modelar la realidad hasta tal punto. Es realmente retorcido, ¿no? Nuestra mente es algo maravilloso, de dimensiones inimaginables e imposible de comprender, así que no dudaría en decantarme por lo segundo. Porque, ¿quién, después de ver "El número 23", no ha encontrado dicho número por doquier durante semanas? Es todo un juego mental. Todo esta en nuestra mente: el amor y el dolor, la alegría y la tristeza, el fracaso y el éxito, todo. Puede que asuste un poco al principio, pero pensándolo bien, si todo está en nuestra mente, somos nosotros quienes tenemos el control. Nosotros tenemos el poder de cambiar esa realidad a nuestro favor. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Un mundo de contrastes

Es como estar atrapado en una pesadilla, una dulce pesadilla que te engaña, y de la que nunca despertarás si te dejas engañar. Te adula con bonitas palabras y suaves caricias para que sigas soñando; soñando profundamente sin ver cómo tu tiempo se escapa. Se escapa y tu vida pasa, y pasa sin que vivas, sin que sientas de verdad. Vives lo que quiere que vivas, sientes lo que quiere que sientas. Ella te domina, ella es tu dueña y señora. Y lo peor es que no eres consciente de ello, porque para ti ésa es la realidad, la única y verdadera realidad. Así se siente, así se vive. Sin saber lo que es el sol, sin sentir su calor en la yema de tus dedos, sin ver el resplandor de esa estrella más brillante que las demás. 
Ella te lleva y te trae por el mundo onírico, susurrándote al oído. Te hace feliz y te hace sufrir, pero nunca en exceso. Porque todos sabemos que la vida no es color de rosa, y ella sabe que lo sabemos, que no somos tontos. No puede dejarnos sospechar, no puede dejar que nos planteemos otra posibilidad, otra realidad, otro mundo distinto más allá de las fronteras de los sueños. Porque quien cree estar despierto, no lucha contra el sueño y permanece aletargado de forma indefinida. 
Hay que despertar, hay que abrir los ojos al mundo, nuestro mundo. Un mundo de terribles sufrimientos y horribles injusticias, pero también de amores apasionados y promesas cumplidas. Un mundo de luz y de oscuridad, de hielo y de fuego, de lluvia y de sol. Un mundo de contrastes, que puede quitarte el aliento o darte una bocanada de aire en el momento justo . Un mundo en el que hay que aprender a vivir, que hay que aprender a amar. Nuestro mundo.

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jueves, 14 de noviembre de 2013

Here we go again

Decir que hacía ya demasiado tiempo que no me pasaba por aquí se queda muy corto. No sé por qué he estado tanto tiempo aletargada. Llevo casi un año sin hacer realmente nada. Si miro hacia atrás, no sé en qué he invertido el tiempo más allá del trabajo mediocre en el que paso muchas más horas de las recomendables. No recuerdo haber hecho nada para mí, no recuerdo haber pintado ni tampoco haber escrito más que unas pocas páginas para aclarar un poco mis ideas. Parecía que me había quedado en la zona de confort, sumergida en una vida de rutina sin sentido alguno, una vida automática de ir y venir, trabajar y salir para poder olvidar esa carencia de metas y ambiciones. He de empezar a rodar de nuevo, empezar a vivir y respirar una vez más ese aire de libertad y pasión que buena falta me hacen y que tanto echo de menos. 
Es hora de volver a la carga y sentir que vuelvo a hacer algo, que vuelvo a ser yo.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Ya basta

No entiendo por qué vuelvo al mismo sitio, una y otra vez. Ya he estado aquí y no me gusta. Toda la confusión, el miedo, el dolor y la inseguridad. No, yo quiero volver allí de nuevo, a la paz y el sosiego.
Y sé que el principal problema soy yo, mi forma de ser, mi inseguridad. Esta estúpida autoestima que está por los suelos y que no es capaz de remontar el vuelo por sí misma, necesitando la aprobación y beneplácito de los demás. Vivir a expensas de los otros, vivir con miedo, esto no es vivir y estoy muy cansada.

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿Se ha perdido el romanticismo?


No hace mucho tiempo, aunque no ha sido la primera vez que lo pienso, llegué a una conclusión: los hombres reales, de carne y hueso, no son románticos; esos hombres sólo existen en el arte. Sí, en el arte. Me explico: podemos encontrar tal fenómeno en novelas, en el cine o, en muchas ocasiones, la música. ¿Cuántas veces has escuchado una canción y pensado: "¿por qué demonios no me habrá tocado uno así, uno que me diga esas cosas tan bonitas?", o ya, en plan conformista, piensas: o que al menos me las dedique, ¿no? ¿Es pedir demasiado? Pero, mujer, ¿cómo quieres que te lleguen a dedicar una canción cuando muchas veces eres tú quién tienes que pedirles que te digan "cosas bonitas"? 
¿Cuántos libros has leído en los que la chica es una frágil doncella y el galán, romántico empedernido, se ha desvivido por enamorarla, contra viento y marea, luchado contra dragones (o más actualmente mafiosos, hombres lobo o demonios)? ¿Cuántas veces se ha enfrentado a malvadas madrastras y brujas para rescatar a su amada de sus garras? 
¿Cuántas películas has visto en las que el hombre, ideal de la muerte, se pirra por la tía más sosa y simplona de todas? ¿Cuántas veces te has repetido diálogos como: "nena, eres la única para mí", "quiero pasar el resto de mi vida contigo"? Yo te lo diré: miles y miles de veces.
¿Qué pasa? Que nos comen el coco. Eligen como protagonista a una pobre doncella, poco agraciada y en la que nadie se fija para que nos sintamos identificadas, ¿que por qué? Porque, queridas mías, todas tenemos el autoestima un poco bajo, y a la mínima que nos vendan que una petarda puede ser capaz de enamorar a un buenorro, ahí que vamos de cabeza. Es así. Y encima, ese buenorro, que a la vez es malo, pero que con nosotras es un cachorrillo, se desvive porque seamos felices, por hacer que nos derritamos con todas las cursilerías que se le ocurren y que, por supuesto, a nosotras nos encantan. ¿A qué mujer no le encantaría que su novio o sucedáneo se levantara antes que ella y fuera a preparar el desayuno? ¿Qué chica no se muere porque le propongan un viaje a algún país extranjero para poder descubrirlo juntos (pero con estas palabras, ¿eh? sino no vale)? ¿Y qué hay de besarse bajo la lluvia? ¿Qué mujer no se derrite si su novio, en medio de la calle y sin previo aviso, comienza a hacerla bailar sin más música que su propio tarareo? ¿Y si además añadimos un susurro en el que diga algo como: "un te quiero cada vez se me queda más corto"? ¡Para qué queremos más!
Chicas, esos son los chicos que tenemos, pero los tenemos todos y cada uno de los días y no únicamente durante 500 páginas, 2 horas y media de película o 3 tristes minutos de canción. No se les puede pedir que sean siempre los tíos más intensos, apasionados y románticos del mundo. ¡Dadles un respiro! Seguro que algún detalle han tenido, y por pequeño que fuera, os ha encantado. Eso sí, chicos, aprendeos el cuento porque esos pequeños detalles son los que nos vuelven locas, no os cuesta nada y siempre sabemos agradeceroslo, de una manera u otra. 
Y nada, ya os dejo con uno de esos besos húmedos que os digo:

El diario de Noah


Un beso a todos y hasta pronto.

lunes, 15 de octubre de 2012

Palabras

Hace mucho que no escribo y la verdad es que tenga muchos pensamientos agolpados en mi cabeza deseando salir, me siento torpe a la hora de expresarlos. Poco a poco iré cogiéndole el tranquillo a esto de nuevo. 
Muchas veces no nos damos cuenta de la dimensión de nuestras palabras. A simple vista son sólo un número limitado de caracteres colocados de una u otra manera para expresar nuestros pensamientos. El problema es que esos pensamientos, como me ocurre a mí ahora, no son sencillos de expresar. A esto debemos añadirle la complicación de que, por muy bien que hayamos conseguido formular lo que queríamos, nuestro mensaje puede ser siempre interpretado erróneamente. Cada uno tenemos nuestra percepción de la realidad, una forma de ver el mundo, un marco que nos condicionará a la hora de entender lo que otro trate de decirnos. Un simple "te quiero" -nunca tan simple- puede tener mil significados y hay que tener la pericia, o quizá la suerte, de interpretarlo correctamente. 
A lo largo de nuestra vida hay muchas palabras que nos marcan, puede que incluso en parte, acaben definiéndonos. Ese infantil "siempre seremos amigas" que acaba roto y perdido en el olvido transcurridos unos años; un "siempre podrás contar conmigo" más que sentido pero que a la larga se desvanece; un "no lo cuentes nunca, tan sólo hará daño a los que más quieres" que te hace guardar el peor de los secretos; un "eres lo peor que me ha ocurrido en la vida" que le quita el sentido a todo lo demás de tu vida; o un "te has puesto muy ansiosa" cuando es tan sólo reflejo absoluto de tu repentina felicidad. Por supuesto, esas palabras sólo pueden marcarte, dañarte, si tú dejas que lo hagan. Me refiero a ese muro, esa pared protectora que todos vamos levantando a medida que crecemos a raíz de los palos que nos han ido dando a lo largo de los años. A veces resulta difícil bajarla o conseguir que otro te deje traspasar la suya, pero es "sólo" cuestión de confianza. Confiar en que la otra persona no utilizará sus privilegios para sabotearte desde el interior. Eso es lo que ocurre con el amor, por eso puede hacernos las personas más felices del mundo o las más desgraciadas, estamos vendidos, a merced de la voluntad del otro. Que el amor es ciego, dicen, pero contradiciendo a la creencia popular respecto haré alusión no al aspecto físico, sino a la "fe ciega" que se me antoja ahora mismo idéntico, al fin y al cabo nunca sabemos lo que nos vamos a encontrar al traspasar ese muro ajeno ni lo que vamos a dejar adentrarse en nosotros. 

Al final he divagado demasiado y ha sido un simple reflejo del caos [senti]mental que tengo ahora mismo. Iré mejorando, I promise.